jueves, 3 de noviembre de 2016

Y solamente Jesús, con todo lo que es y representa para el creyente, puede saciar nuestro insaciable anhelo de felicidad. El es el pan bajado del cielo que contiene toda delicia: "Escuchadme atentos y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos".


Solamente Jesús puede alimentar el amor y la esperanza que necesitamos para superar todas las dificultades y desengaños y llevar a cabo, sin desfallecer, nuestra obra.


"Bendito sea Dios que no ha rechazado mi oración, y que no me ha rehusado su misericordia" (Sal 66, 20).


Solamente la misericordia divina puede salvar la libertad perdida o curar su debilidad, es de capital importancia que el pecador use lo que le queda de libertad para el bien o de germen de libertad depositado en su alma por la gracia, es decir, al menos por la plegaria. Así, pues, la oración del pecador es una oración de arrepentimiento, una plegaria para obtener una contrición mejor y más eficaz todavía.

El hombre que, por el pecado, se despoja orgullosamente de la libertad que le ha sido dada para el bien, o no resiste al mal reinante en su medio vital, cae irrevocablemente más y más, bajo el imperio del pecado.





El pecado, si no es expulsado inmediatamente, no solamente es un yugo que inclina hacia la tierra al que lo comete, sino que hace al pecador prisionero de un poder que tiene su centro en Satanás.

El arrepentimiento genuino tiene como soporte la gracia de Dios.