viernes, 4 de noviembre de 2016
jueves, 3 de noviembre de 2016
"Bendito sea Dios que no ha rechazado mi oración, y que no me ha rehusado su misericordia" (Sal 66, 20).
Solamente la misericordia divina puede salvar la libertad perdida o curar su debilidad, es de capital importancia que el pecador use lo que le queda de libertad para el bien o de germen de libertad depositado en su alma por la gracia, es decir, al menos por la plegaria. Así, pues, la oración del pecador es una oración de arrepentimiento, una plegaria para obtener una contrición mejor y más eficaz todavía.
El hombre que, por el pecado, se despoja orgullosamente de la libertad que le ha sido dada para el bien, o no resiste al mal reinante en su medio vital, cae irrevocablemente más y más, bajo el imperio del pecado.
El pecado, si no es expulsado inmediatamente, no solamente es un yugo que inclina hacia la tierra al que lo comete, sino que hace al pecador prisionero de un poder que tiene su centro en Satanás.
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