lunes, 5 de enero de 2015

Hablar de la interioridad hoy es una necesidad para ser uno mismo frente a la superficialidad y a la dispersión, porque la interioridad tiene mucho que ver con el reconocimiento personal y con el descubrimiento de nuestro ser más íntimo.


El hombre actual necesita una nueva experiencia de la interioridad, necesita comenzar desde el recogimiento y el silencio e ir avanzando hasta llegar a una profunda vida de interioridad.
Pero en Agustín la interioridad nos está hablando de potenciar el hombre interior, que es la sede de la verdad, frente al hombre exterior, que vive de los sentidos, que se rige por el
«me gusta» o el «me apetece». La interioridad agustiniana no se puede vulgarizar; no es la introspección psicológica. En la interioridad se entra dentro del yo, pero se entra con la luz valorativa de la que depende el sentido del yo. Esa luz es la invitación que se hace al yo a que realice en sí mismo la imagen de Dios, que es la vocación fundamental del hombre. El hombre se conoce a sí mismo en cuanto realiza su vocación fundamental, que es ser
imagen de Dios e hijo de Dios. En el nivel más alto, interiorizarse viene a significar identificarse con Cristo, revestirse de la filiación de Cristo. Conocerse a sí mismo a este nivel, ser interior a sí mismo, es comprometerse en el dinamismo del Cuerpo de Cristo, del Cristo Total.

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