jueves, 16 de mayo de 2019

Dios derramó sobre nosotros un amor costosísimo, al enviar a su Hijo Unigénito a morir por ti y por mí. Y, en consecuencia, nos invita a volvemos a él y decirle: "Me arrepiento de mi pecado. Creo que Jesús murió por mí. Perdóname y haz que vuelva a ser tu hijo o tu hija". Pero, date cuenta de que, si das este paso, también tú te comprometes a perdonar.



  • Alguien te ha herido.
  • Eres consciente de lo que ha ocurrido y de cómo te sientes.
  • Comprendes lo que sentía la otra parte y, hasta cierto punto, le excusas.
  • Pero, aun así, hay algo que ha estado mal y tú le reprendes por ello.
Ahora bien, ¿dónde encontrar el poder y la voluntad para perdonar?
¿Temes que no sea posible, y que las cosas no van a volver a estar como antes?
¿Pretendes que todo dependa de la otra persona? Tú únicamente perdonas, si el otro se excusa humildemente y hace que te sientas gloriosamente generoso.
¿No dependerá, más bien, de lo generoso que te muestras hacia el otro?
Es el amor el que nos proporcionará un poderoso motivo para perdonar.
Si amamos a alguien, no lo abandonaremos. A los seres queridos no podemos arrojarlos por ahí como un trapo viejo. Perderlos es como si nos cortaran un dedo. Podremos sentimos furiosos con ellos y creer que el perdonar va a ser difícil y doloroso. Pero también sabemos que, a la larga, nos va a doler mucho más el perder su amor.

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