jueves, 22 de septiembre de 2016

La fe nos hace ver al prójimo como a un hermano. El hombre, desde que nace, aprende a ver gente a su alrededor; y a veces se cansa de ver gente o se hastía... La luz de la fe ilumina el rostro del prójimo para que lo descubramos realmente como «próximo», como hermano



Por la fe, el otro deja de ser un extraño o un extranjero. El otro se hace Cristo en nuestro  camino: «Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber... ¿Cuándo,  Señor?... Cuando lo hicisteis a uno de mis hermanos.» De esta manera la auténtica fe  engendra el amor. La fe sin amor es mentira. Es que la fe, al darnos la total comprensión de  la existencia, la descubre como existencia compartida. "Jesús se hace semejante en todo a  nosotros, menos en el pecado..."

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